lunes, 14 de marzo de 2011

MODERNIDAD - MODERNIZACION EN AMERICA LATINA

 

El concepto de modernización se asocia, ante todo, a cambios cuantitativos en los niveles de desarrollo económico, tecnológico y cultural. Su hiperbolizada interpretación sirve para acuñar esquemas desarrollistas de progreso, que sitúan a los países subdesarrollados del Sur en la misma línea de evolución social de los países altamente desarrollados, observando entre ellos sólo una distancia cuantitativa, superable, precisamente, a través de la modernización.

En realidad, ninguna modernización por sí sola sería capaz de garantizar el ingreso en pleno del Sur subdesarrollado al Primer Mundo. Para ello serían necesarios no sólo cambios cuantitativos, sino, sobre todo, una transformación cualitativa del sistema de relaciones internacionales, que limite la fuerza ciega del mercado y que imponga como criterio supremo de esas nuevas relaciones la eliminación gradual de la inmensa brecha que separa a los países ricos y pobres, preservando, a la vez, el equilibrio ecológico del planeta.

Lo dicho no significa la cancelación de las aspiraciones de los pueblos del Sur a conformar en sus países sociedades más modernas, con mayores cuotas cuantitativas de bienestar, ni la renuncia a la introducción de nuevos medios tecnológicos o a la inserción en las redes informáticas ultramodernas. Tampoco debe interpretarse negativamente la incorporación de capital internacional, cuando precisamente eso está entre las cosas que más necesitan las débiles economías de los países pobres.

Se trata de que la modernización misma jamás podrá ser plena mientras se produzca en el ámbito de las actuales condiciones de globalización y transnacionalización. La modernización que en realidad se está produciendo en América Latina responde no a las exigencias latinoamericanas de desarrollo, sino a los requerimientos y posibilidades de ganancias del capital transnacional. Por lo tanto es un proceso que sólo en apariencia favorece a los países pobres, o sólo de soslayo los favorece, y, muchas veces, más los perjudica que favorece, pues contribuye a las deformaciones estructurales de sus economías y a las grandes asimetrías internas, al tiempo que en no pocos casos traslada hacia esas naciones las secuelas más negativas (desde el ángulo ecológico, por ejemplo) de la modernización mundial.





El concepto de Modernidad, por su parte, caracteriza toda una época histórica, signada por el paulatino proceso de capitalización universal del planeta y la instauración y despliegue del primer sistema mundial de relaciones sociales. Es una época que se corresponde con el desarrollo explosivo de las fuerzas productivas, en la que este desarrollo se constituye en el principal signo de progreso, el que a su vez es convertido en categoría central y asumido como la direccionalidad indefectible de todo decurso histórico, de todo movimiento del pasado al presente y del presente al futuro. Es la época en que toda la humanidad se organiza, funciona e interactúa con la naturaleza y consigo misma sobre la base de un núcleo estructural común: el estado-nación.

Muchos otros rasgos y atributos podrían compendiarse para calificar a la Modernidad. No es mi intención aquí inventariarlos. Lo que pretendo es, sobre todo, enfrentar esa visión de la Modernidad que la identifica únicamente con los modelos euroccidentales de desarrollo y que utiliza como criterio de inclusión o exclusión el mayor o menor apego a esos modelos.

En realidad la Modernidad no es un conjunto de rasgos que caractericen única y exclusivamente a la Europa occidental y a aquellos otros que hayan seguido sus patrones de desarrollo, sino una etapa en la evolución de la humanidad globalmente tomada. A la Modernidad pertenecemos todos, aunque no todos ocupemos en ella el mismo lugar.

Particularmente América Latina tiene una presencia importante en el origen mismo y en el desarrollo ulterior de la Modernidad. El choque socio-cultural del que América fue escenario a partir de 1492 revolucionó económica, social, política y espiritualmente al planeta. Bien podría decirse que a partir de entonces todo él se constituyó en un nuevo mundo, dando inicio a la Modernidad.



Pero, a su vez, cada parte fue nueva a su manera. La entrada a una época por primera vez común a todo el género humano significó novedad para unos en el sentido de progreso económico, acumulación de capital, expansión de las relaciones de dominación hacia nuevas tierras, desarrollo de los conocimientos científicos, incorporación de nuevas técnicas, crecimiento cultural; mientras que para otros significó ruptura abrupta de su lógica particular de evolución social, expoliación despiadada, usurpación de derechos, aniquilamiento cultural, subordinación indigna a los intereses económicos y políticos ajenos, inserción obligada en procesos civilizatorios exógenos. Como ha señalado Enrique Dussel, no se trata de que América Latina haya llegado tarde al “banquete de la Modernidad”, no, llegó al mismo tiempo que Europa, sólo que “por la cocina y para servir”.

Por supuesto que no es esa la imagen de la Modernidad que permanentemente nos ha proyectado Occidente, sino otra, basada también en esquemas desarrollistas: la Modernidad representa un determinado nivel de desarrollo económico, sociopolítico y espiritual que ha alcanzado Europa y al cual debe tender América Latina a través de un proceso de modernización. Esa ha ido la estrategia que ha seguido Occidente para mantener dentro de sus propias reglas económicas y políticas a América Latina y a toda su periferia, vendiéndole el ideal de las vitrinas occidentales de la Modernidad como aspiración a lograr por parte de aquellas sociedades que todavía no han alcanzado esas “altas cuotas de civilización”.

La comprensión de la Modernidad no en sentido desarrollista, sino como época en la evolución de la humanidad, caracterizada, entre otras cosas, por la introducción y fomento de una gran asimetría en los niveles de desarrollo económico y de bienestar social entre diferentes partes de la humanidad, unida a la convicción sobre la imposibilidad de evitar esta situación en los marcos del orden económico y político que ha impuesto la Modernidad capitalista, lleva a la idea de la necesidad de una nueva etapa en la evolución global, situada más allá de la Modernidad y asociada a un tipo de socialidad distinta.

La Modernización hace referencia a todas las transformaciones que ha sufrido nuestro entorno a partir de una explicación racional del mismo y, por consiguiente, a su transformación. La modernización es la consecuencia de la intervención de la ciencia y la tecnología para la transformación del mundo en que se desenvuelve el hombre.

La Modernidad, en cambio, hace referencia a la transformación del hombre mismo, de su mentalidad: sus valores, actitudes y acciones, las que deben corresponder con una comprensión racional del mundo y de los demás seres humanos. Podemos hacer uso de la ciencia y la tecnología pero si somos autoritarios, si no reconocemos al otro más allá de que sea nuestro familiar, vecino o amigo, etc.; si lo excluimos o lo eliminamos resolviendo los conflictos de manera violenta, estaremos viviendo procesos de modernización sin modernidad. Tenemos en cuenta las transformaciones de la realidad pero no las de los seres humanos.

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